
domingo 29 de noviembre de 2009
viernes 20 de noviembre de 2009
jueves 19 de noviembre de 2009
Una valija y dos cajas
Entro al cuarto. Tony, el primo y compinche de mi viejo, encontró una valija de cuero vieja, de esas que se cierran con una correa y hebilla grande, y un par de cajas de cartón. Están en el centro de la habitación. Me dice que tienen que servir. No hay otra cosa en la casa de mi abuela. Él se excusa, tiene que consolarla. Su hijo murió y no termina de entender que la vida se puso al revés. Primero se tenía que ir ella, si hace un mes estaba al borde de la muerte, todos despidiéndonos.
La cama que usaba mi viejo está vacía y tendida, como esperando otro ocupante. Le doy la espalda. Abro el armario y me golpea el olor. El perfume. La ropa colgada. No puedo tocarla. Cuando reacciono, decido empezar por los cajones. Cajones forrados con hule floreado, agarrado a los bordes con chinches. Encuentro billetes de lotería. Lapiceras. Navajas. Sevillanas con incrustaciones de nácar. Juego con una. Aprieto el botón y salta la cuchilla. Le gustaban esas cosas, como a un chico. Hay naipes. Monedas. Fragmentos de cosas que no llego a descifrar. Un sujetador de corbata. La afeitadora gillette. Pañuelos. Llaves, muchas llaves. Blisters con pastillas de colores. Una entrada de cine. Una petaca. Ballenitas. Gemelos. Una cadena de oro gruesa. El anillo que usaba en el meñique derecho. Que parecía de capo mafia por la piedra negra tipo sello. Tres pares de anteojos. Uno está roto, tiene pegado con cinta la patita. Medias. Calzones. Forros.
Por la ventana enrejada se ven los techos grises de tinglado. Y cables enmarañados. Años atrás, cuando veníamos a jugar a la casa de mi abuela, no estaban. Usábamos este cuarto para inventar historias de piratas con nuestros primos. Nos disfrazábamos y gritábamos: ¡al abordaje!
Meto el contenido de los cajones en una de las cajas. Meto lo que hay, y lo que no hay me golpea. No hay fotos nuestras. Ni de nosotras ni de nadie. Abro la valija y como si lo hiciera otro, descuelgo y tiro, descuelgo y tiro adentro la ropa. La acomodo como puedo, casi sin mirar. Pero igual, ahí están: los pantalones de corderoy marrón, los azules, los negros. De gabardina negra, azul, marrón. Jeans. Las camperas de cuero. La marrón, la negra. La blanca con agujeritos en la axila. Sweaters escote en “v”. Sus chombas rayadas, lisas, de amarillo patito, celeste. Las camisas. La guayabera blanca. Cuento veintiocho corbatas. La bata de seda con arabescos. El saco de pana azul que compró en cuotas forzadas en la calle Lavalle. Iba un día y pagaba $ 50 pesos prometiendo volver al otro día. Siempre le pedía un cambio: que los botones metalizados, que el escudo. Que las hombreras. El vendedor aceptaba a regañadientes. Y él me bromeaba: a lo que llegué, mamma mía.
A través de la puerta cerrada, Tony me pregunta si estoy bien.
Hace poco me enteré que murió. Se había vuelto a vivir a Mendoza, a lo de su madre. Tuvo un paro cardíaco, igual que mi viejo. Siempre me asombró que ese primo de él en su juventud hubiera querido ser cura. No tenía pinta de cura, pero si lo pienso un poco, no tenía pinta de nada. Tal vez de un perro faldero, gordo.
Ahora me tocan los zapatos. Los voy metiendo en la otra caja. Montones de zapatos. La mayoría mocasines, de todos los colores. Con y sin borlas. Con hebilla. Con cintitas elegantes alrededor. Hay un par de sombreros en el estante superior del armario. Uno tipo panamá. Y su clásica boina escocesa. La que llevó al hospital la noche que mi abuela parecía que se moría y él no.
Atrás, bien escondida, junto a una caja naranja, hay un revólver en su funda. Lo saco con cuidado, él siempre lo dejaba cargado. Abro la caja. Está el recorte del diario en el que aparece sujetando su yegua en el Hipódromo de Palermo, en la época en que manejaba su BMW. Y más abajo, las carpetas con papeles de su último proyecto. Su última oportunidad. El fraccionamiento por loteos de la finca familiar en Las Heras, Mendoza, que hubiera sido un dineral. Una mañana me llama mi abuela desesperada porque no puede despertar a papá. Llego, le tiro un vaso de agua a la cara y recién ahí reacciona. Instintivamente lleva su mano a la riñonera que tiene apretada entre la panza desnuda y sus calzones. Está vacía. Se lleva la mano a la cabeza con su clásico “uy, dio”. Lo afanaron las coperas de la whiskería Salomé.
El armario quedó vacío. Miro otra vez a la cama. Todavía está el vidrio roto de la mesa de luz y la paloma de cerámica de Talavera que trajeron mis viejos como sourvenir de México, cuando las cosas iban bien. Quince años atrás. La paloma también está rota, le falta un pedazo de la cola. Hay algo húmedo en la madera. No, viscoso. Después de la ducha no se le quita ni la resaca ni el dolor en el pecho, se sienta en la cama a respirar mal. Tony quiere llamar al médico. Pero mi viejo no. Insiste en que no. Miente que ya se le va a pasar. A los pocos minutos, cuando no puede más, el cuerpo se arquea y cae de cara contra la mesa de luz, rompiendo todo. Cuando llegamos, está tapado con una sábana blanca en la cama. Sé que es él por su panza. Llegan los de la ambulancia y nos piden que salgamos del cuarto. Mis hermanas y yo obedecemos. Nos piden una silla. Al rato salen con mi viejo sentado, amarrado y tapado con la sábana. El ascensor es minúsculo, lo tienen que bajar sentado. Nos reímos, espantadas. Mi abuela está dopada, por suerte, durmiendo en su cama.
Miro el cuarto. ¿Su vida entró en una valija y dos cajas?
La cama que usaba mi viejo está vacía y tendida, como esperando otro ocupante. Le doy la espalda. Abro el armario y me golpea el olor. El perfume. La ropa colgada. No puedo tocarla. Cuando reacciono, decido empezar por los cajones. Cajones forrados con hule floreado, agarrado a los bordes con chinches. Encuentro billetes de lotería. Lapiceras. Navajas. Sevillanas con incrustaciones de nácar. Juego con una. Aprieto el botón y salta la cuchilla. Le gustaban esas cosas, como a un chico. Hay naipes. Monedas. Fragmentos de cosas que no llego a descifrar. Un sujetador de corbata. La afeitadora gillette. Pañuelos. Llaves, muchas llaves. Blisters con pastillas de colores. Una entrada de cine. Una petaca. Ballenitas. Gemelos. Una cadena de oro gruesa. El anillo que usaba en el meñique derecho. Que parecía de capo mafia por la piedra negra tipo sello. Tres pares de anteojos. Uno está roto, tiene pegado con cinta la patita. Medias. Calzones. Forros.
Por la ventana enrejada se ven los techos grises de tinglado. Y cables enmarañados. Años atrás, cuando veníamos a jugar a la casa de mi abuela, no estaban. Usábamos este cuarto para inventar historias de piratas con nuestros primos. Nos disfrazábamos y gritábamos: ¡al abordaje!
Meto el contenido de los cajones en una de las cajas. Meto lo que hay, y lo que no hay me golpea. No hay fotos nuestras. Ni de nosotras ni de nadie. Abro la valija y como si lo hiciera otro, descuelgo y tiro, descuelgo y tiro adentro la ropa. La acomodo como puedo, casi sin mirar. Pero igual, ahí están: los pantalones de corderoy marrón, los azules, los negros. De gabardina negra, azul, marrón. Jeans. Las camperas de cuero. La marrón, la negra. La blanca con agujeritos en la axila. Sweaters escote en “v”. Sus chombas rayadas, lisas, de amarillo patito, celeste. Las camisas. La guayabera blanca. Cuento veintiocho corbatas. La bata de seda con arabescos. El saco de pana azul que compró en cuotas forzadas en la calle Lavalle. Iba un día y pagaba $ 50 pesos prometiendo volver al otro día. Siempre le pedía un cambio: que los botones metalizados, que el escudo. Que las hombreras. El vendedor aceptaba a regañadientes. Y él me bromeaba: a lo que llegué, mamma mía.
A través de la puerta cerrada, Tony me pregunta si estoy bien.
Hace poco me enteré que murió. Se había vuelto a vivir a Mendoza, a lo de su madre. Tuvo un paro cardíaco, igual que mi viejo. Siempre me asombró que ese primo de él en su juventud hubiera querido ser cura. No tenía pinta de cura, pero si lo pienso un poco, no tenía pinta de nada. Tal vez de un perro faldero, gordo.
Ahora me tocan los zapatos. Los voy metiendo en la otra caja. Montones de zapatos. La mayoría mocasines, de todos los colores. Con y sin borlas. Con hebilla. Con cintitas elegantes alrededor. Hay un par de sombreros en el estante superior del armario. Uno tipo panamá. Y su clásica boina escocesa. La que llevó al hospital la noche que mi abuela parecía que se moría y él no.
Atrás, bien escondida, junto a una caja naranja, hay un revólver en su funda. Lo saco con cuidado, él siempre lo dejaba cargado. Abro la caja. Está el recorte del diario en el que aparece sujetando su yegua en el Hipódromo de Palermo, en la época en que manejaba su BMW. Y más abajo, las carpetas con papeles de su último proyecto. Su última oportunidad. El fraccionamiento por loteos de la finca familiar en Las Heras, Mendoza, que hubiera sido un dineral. Una mañana me llama mi abuela desesperada porque no puede despertar a papá. Llego, le tiro un vaso de agua a la cara y recién ahí reacciona. Instintivamente lleva su mano a la riñonera que tiene apretada entre la panza desnuda y sus calzones. Está vacía. Se lleva la mano a la cabeza con su clásico “uy, dio”. Lo afanaron las coperas de la whiskería Salomé.
El armario quedó vacío. Miro otra vez a la cama. Todavía está el vidrio roto de la mesa de luz y la paloma de cerámica de Talavera que trajeron mis viejos como sourvenir de México, cuando las cosas iban bien. Quince años atrás. La paloma también está rota, le falta un pedazo de la cola. Hay algo húmedo en la madera. No, viscoso. Después de la ducha no se le quita ni la resaca ni el dolor en el pecho, se sienta en la cama a respirar mal. Tony quiere llamar al médico. Pero mi viejo no. Insiste en que no. Miente que ya se le va a pasar. A los pocos minutos, cuando no puede más, el cuerpo se arquea y cae de cara contra la mesa de luz, rompiendo todo. Cuando llegamos, está tapado con una sábana blanca en la cama. Sé que es él por su panza. Llegan los de la ambulancia y nos piden que salgamos del cuarto. Mis hermanas y yo obedecemos. Nos piden una silla. Al rato salen con mi viejo sentado, amarrado y tapado con la sábana. El ascensor es minúsculo, lo tienen que bajar sentado. Nos reímos, espantadas. Mi abuela está dopada, por suerte, durmiendo en su cama.
Miro el cuarto. ¿Su vida entró en una valija y dos cajas?
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martes 17 de noviembre de 2009
domingo 15 de noviembre de 2009
domingo 8 de noviembre de 2009
en México
Miles de hojas amarillas y delgadas caen girando como hélices. Vuelan desde las ramas oscuras de los árboles. Sostenidas y empujadas por el viento. Caen locamente, como una lluvia amarrilla.
Las observo sentada en un banco de la plaza de Coyoacán. Feliz por el recuerdo de que éste es un momento que ya viví, y que sigo viviendo ahora.
Ayer, hoy, mañana. Es lo mismo.
Bailan recortándose contra el cielo del atardecer. Un cielo de gigantes. Con nubes gigantes, enormes, desproporcionadas. Hermosas. Bailan girando hasta un suelo de antiguas piedras grises.
Las observo sentada en un banco de la plaza de Coyoacán. Feliz por el recuerdo de que éste es un momento que ya viví, y que sigo viviendo ahora.
Ayer, hoy, mañana. Es lo mismo.
Bailan recortándose contra el cielo del atardecer. Un cielo de gigantes. Con nubes gigantes, enormes, desproporcionadas. Hermosas. Bailan girando hasta un suelo de antiguas piedras grises.
***
Hoy sólo los gorriones se posan sobre las piedras de la Pirámide.
Junto a ella, la catedral se hunde.
Junto a ella, la catedral se hunde.
***
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viernes 30 de octubre de 2009
Noche buena
Es la ruta hacia Pehuajó, un 31 de diciembre. El Torino corre rápido y ciego en la niebla, haciendo eses. Mamá baja las ventanillas para que el viento le vuele el alcohol a mi papá, que cabecea al volante. El auto se llena de unos cascarudos fríos y chiquitos, de color beige. Yo empiezo a gritar de asco. Tengo uno caminando por la pierna. Puedo sentir las patitas una por una, como cosquillas asquerosas. Mi hermana sigue durmiendo. Mamá me manda callar y me tapa con el diario, por el frío. Es verano pero hace frío. No paro de chillar, se llenó de bichos, me quiero bajar. Papá putea, quiere llegar para el brindis de la media noche al menos. Y ella, vas a brindar con soda vos. Él que chista, no hables más querés. Mamá lo obliga a parar. Nos saca del auto a los tirones. A la ruta, de noche.
Lo miro arrodillado sacando uno por uno los carcarudos. Los mocasines blancos llenos de tierra. La panza le cuelga por debajo de la chomba rayada. Mamá lucha con el encendedor. Mi hermana que se duerme parada. Ella la sacude. Despertate querés, que te vas a caer al piso y ensuciar todo el vestido.
Lejos, muy lejos, donde hay unas luces, veo subir alto una cañita voladora.
Lejos, muy lejos, donde hay unas luces, veo subir alto una cañita voladora.
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lunes 26 de octubre de 2009
Construcción - Chico Buarque
Amó aquella vez como si fuera única
besó a su mujer como si fuese última
y a cada hijo suyo cual si fuese el único
y atravesó la calle con su paso tímidos
subió a la construcción como si fuese máquina
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico
sus ojos embotados de cemento y lágrimas
sentóse a descansar como si fuese sábado
comió su pan con queso cual si fuese un príncipe
bebió y sollozó como si fuese un náufrago
danzó y se rió como si oyese música
y tropezó en el cielo con su paso alcohólico
y flotó por el aire cual si fuese un pájaro
y terminó en el suelo como un bulto fláccido
y agonizó en el medio del paseo público
murió a contramano entorpeciendo el tránsito
amó aquella vez como si fuese el último
besó a su mujer como si fuese única
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo
y atravesó la calle con su paso alcohólico
subió a la construcción como si fuese sólida
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico
sus ojos embotados de cemento y tránsito
sentóse a descansar como si fuese un príncipe
comió su pan con queso cual si fuese el máximo
bebió y sollozó como si fuese máquina
danzó y se rió como si fuese el próximo
y tropezó en el cielo cual si oyese música
y flotó por el aire cual si fuese sábado
y terminó en el suelo como un bulto tímido
agonizó en el medio del paseo náufrago
murió a contramano entorpeciendo el público
amó aquella vez como si fuese máquina
besó a su mujer como si fuese lógico
alzó en el balcón cuatro paredes flácidas
sentóse a descansar como si fuese un pájaro
y flotó en el aire cual si fuese un príncipe
y terminó en el suelo como un bulto alcohólico
murió a contramano entorpeciendo el sábado
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domingo 18 de octubre de 2009
lunes 21 de septiembre de 2009
lunes 17 de agosto de 2009
Ich bin der Welt
I have died to the world´s tumult
And rest in a realm of quiet
I live alone in my own heaven,
In my love, in my song.
And rest in a realm of quiet
I live alone in my own heaven,
In my love, in my song.
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Música
viernes 17 de julio de 2009
domingo 5 de julio de 2009
lunes 29 de junio de 2009
sábado 13 de junio de 2009
viernes 15 de mayo de 2009
jueves 26 de febrero de 2009
sábado 3 de enero de 2009
Vincent, de Tim Burton
Si les gustan Vincent Price, Tim Burton, Edgar Allan Poe
y un poco de expresionismo alemán, miren esta maravilla.
y un poco de expresionismo alemán, miren esta maravilla.
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Cine
lunes 1 de diciembre de 2008
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