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Sueño

Por suerte, ya no creo verlo caminando por la avenida Corrientes. Hace tiempo que dejó de doler. Lo extraño, pero sin bronca. De entre todos los recuerdos hay uno que no termino de entender. De descifrar. Esa manía tan mía. Intuyo que ahí hay algo. Mientras yo dormía, se sentaba al borde de mi cama. Los sábados por la mañana. ¿O eran los domingos que lo hacía? Cuando yo abría los ojos, estaba ahí sentado, pensativo. Con su bata de arabescos y los ojos rojos por la noche. Siempre llegaba tarde. Todas las noches. Y mi vieja le gritaba y yo los espiaba desde lo alto la escalera. Se peleaban en la cocina para que nosotras no los escucháramos. No estás nunca. Te patinás todo el dinero. Borracho. Hace cuánto que no me tocás. Pero por las mañanas era otro. Sentado en mi cama, esperaba. El sol entraba por la ventana que daba al jardín llenando de calor el cuarto. Y me sonreía cuando por fin me despabilaba del todo. Tenía canas y arrugas ya. La piel de las manos ajadas. Y algo en su cara, añorando. Hablábamos no sé de qué. Incluso peleábamos pulseadas, jugando como si yo fuera un chico. Este es mi más feliz recuerdo de mi viejo. ¿Qué miraba? ¿Qué veía mientras yo dormía? Quiero creer que era la luz del sol, la calma inocencia de tu hija durmiendo, que te hacía volver de a cachos, de a pedazos y como podías, de la oscuridad.


de "El sabor de la cereza"

El sabor de la cereza en la Bienal de Fotografía de Lima


Mi libro "El sabor de la cereza" fue seleccionado para la Edición Internacional de la Feria de Libros de Fotos de Autor, en el marco de la Bienal de Fotografía Lima 2012, a partir del 21 de marzo, en el Centro de la Imagen de Lima, Perú.















"El sabor de la cereza" en al Bienal de Fotografía de Córdoba

Mi libro "El sabor de la cereza" fue invitado a formar parte de la
edición itinerante de la Feria de Libros de Fotos de Autor,
en la Bienal de Fotografía de Córdoba

http://www.bienaldefotografiacordoba.com/


El sabor de la cereza

Me siento en la fila siete, como siempre. Se apagan las luces de la sala del cine Lorca y comienza la película. Había leído que se trataba de un hombre que quería suicidarse y buscaba un enterrador para después. 
A los pocos minutos de empezada la película, se sienta unas filas más adelante mi viejo. Tardo en reconocerlo. Parece más bajo, como si se hubiera encogido. Lleva puesta su boina escocesa. Me levanto y me alejo unas filas más atrás, tratando de no hacer ruido. Ni lo saludo ni me voy de la sala. Simplemente lo miro. Le miro la nuca. Hace mucho tiempo que dejé de hablar con él. Me llama y le digo que no tengo tiempo. No reconozco mi voz cuando le contesto. Es un sonido metálico, duro, filoso. Furioso. Me lo cruzo de casualidad caminando por la avenida Corrientes y me invento una cita. No, no tengo tiempo para tomar un café con vos. Y al alejarme mis pasos pesan. 
Lo miro, miro la pantalla. Una y otra vez y no lo puedo creer. Estoy hipnotizada. Paralizada por la situación. Intuyo que se metió al cine como hace siempre, sin saber qué va a ver, sólo para matar la tarde y hacer que la noche llegue rápido con sus amigos esperándolo en el bar. Una noche más, un día menos. Creo que el título lo engañó, lo sedujo con algún recuerdo de cuando exportaba cerezas a no sé qué país. ¿Canadá? Era mayorista de frutas, tenía un puesto en el Mercado de Abasto, laburo que había heredado de su padre. Y siempre traía frutas a casa. Cajones repletos de duraznos, ciruelas, frutillas, naranjas, damascos, guindas. La cocina se llenaba del perfume de las frutas coloridas como flores. Sandías y melones. Uvas. Y cerezas en verano, cuando había mucho sol en el jardín y mamá hacía asados y nos comíamos las cerezas de postre. Cerezas de cáscara lustrosa, brillante. Duritas. De color oscuro, sangre oscura, la pulpa con filamentos, carnosa. Un poco dulce, un poco agria. Y el carozo como un hueso, que escupíamos con mi hermana a ver quién lo tiraba más lejos, metidas en la pileta pelopincho. 
El suicida encuentra un enterrador que intenta convencerlo de que la vida vale la pena. Pero no le hace caso. ¿Cómo hace mi viejo para no irse? ¿Se habrá quedado dormido? Arrancan los créditos finales, y antes de que prendan las luces me escapo. El corazón se me sale por la boca. ¿Me habrá visto? No me importa. Casi corro. Desesperada. Llorando y sin saber que al otro día, a eso de las siete de la mañana, me va a llamar Tony para decirme que mi papá se murió.


de "El sabor de la cereza"

Grises

Decido no ir. Mi hermana no me obliga, me dice que lo lleva a la Costanera, al lado del restaurante en el que pasamos varios años nuevos, después de que mi vieja se divorciara de él. Es un lugar al que a todos nos gustaría volver. Por eso lo elige. Me la imagino cerca de la baranda, quieta, mirando el río marrón plata. Abre la caja de madera y lo echa al agua. Pero algo de él se vuela con el viento hasta las hojas de un árbol, se estrella contra la pared del restaurante, cae sobre el lomo de un perro dormido al sol. Un poco se adhiere a la punta de los dedos de la mano derecha de mi hermana. Lo demás cae al río. Se va alejando en remolinos de hilitos grises, confundiéndose por segundos con el color de las nubes reflejadas en el agua. Si fuera nube vibraría con el viento y se desharía en gotas que caerían sobre este mismo río. Las olas se lo van tragando. Y se hunde. Me lo imagino nadando junto a los peces, pero en el río no hay más peces. Sólo agua turbia, casi barro. Agua fría y profundamente muerta.


de "El sabor de la cereza"

Una valija y dos cajas

Entro al cuarto. Tony, el primo y compinche de mi viejo, encontró una valija de cuero vieja, de esas que se cierran con una correa y hebilla grande, y un par de cajas de cartón. Están en el centro de la habitación. Me dice que tienen que servir. No hay otra cosa en la casa de mi abuela. Él se excusa, tiene que consolarla. Su hijo murió y no termina de entender que la vida se puso al revés. Primero se tenía que ir ella, si hace un mes estaba al borde de la muerte, todos despidiéndonos.
La cama que usaba mi viejo está vacía y tendida, como esperando otro ocupante. Le doy la espalda. Abro el armario y me golpea el olor. El perfume. La ropa colgada. No puedo tocarla. Cuando reacciono, decido empezar por los cajones. Cajones forrados con hule floreado, agarrado a los bordes con chinches. Encuentro billetes de lotería. Lapiceras. Navajas. Sevillanas con incrustaciones de nácar. Juego con una. Aprieto el botón y salta la cuchilla. Le gustaban esas cosas, como a un chico. Hay naipes. Monedas. Fragmentos de cosas que no llego a descifrar. Un sujetador de corbata. La afeitadora gillette. Pañuelos. Llaves, muchas llaves. Blisters con pastillas de colores. Una entrada de cine. Una petaca. Ballenitas. Gemelos. Una cadena de oro gruesa. El anillo que usaba en el meñique derecho. Que parecía de capo mafia por la piedra negra tipo sello. Tres pares de anteojos. Uno está roto, tiene pegado con cinta la patita. Medias. Calzones. Forros.
Por la ventana enrejada se ven los techos grises de tinglado. Y cables enmarañados. Años atrás, cuando veníamos a jugar a la casa de mi abuela, no estaban. Usábamos este cuarto para inventar historias de piratas con nuestros primos. Nos disfrazábamos y gritábamos: ¡al abordaje!
Meto el contenido de los cajones en una de las cajas. Meto lo que hay, y lo que no hay me golpea. No hay fotos nuestras. Ni de nosotras ni de nadie. Abro la valija y como si lo hiciera otro, descuelgo y tiro, descuelgo y tiro adentro la ropa. La acomodo como puedo, casi sin mirar. Pero igual, ahí están: los pantalones de corderoy azules, de gabardina marrón, los negros. Cinco jeans. Las camperas de cuero. La negra. La blanca con agujeritos en la axila. Sweaters escote en “v”. Sus chombas rayadas, lisas, de amarillo patito, celeste. Sus pocas camisas. La guayabera blanca. Cuento veintiocho corbatas. La bata de seda con arabescos. El saco de pana azul que compró en cuotas forzadas en la calle Lavalle. Iba un día y pagaba $ 50 pesos prometiendo volver al otro día. Siempre le pedía un cambio: que los botones metalizados, que el escudo. Que las hombreras. El vendedor aceptaba a regañadientes. Y él me bromeaba: a lo que llegué, mamma mía.
A través de la puerta cerrada, Tony me pregunta si estoy bien.
Hace poco me enteré que murió. Se había vuelto a vivir a Mendoza, a lo de su madre. Tuvo un paro cardíaco, igual que mi viejo. Siempre me asombró que ese primo de él en su juventud hubiera querido ser cura. No tenía pinta de cura, pero si lo pienso un poco, no tenía pinta de nada. Tal vez de un perro faldero, gordo.
Ahora me tocan los zapatos. Los voy metiendo en la otra caja. Montones de zapatos. La mayoría mocasines, de todos los colores. Con y sin borlas. Con hebilla. Con cintitas elegantes alrededor. Hay un par de sombreros en el estante superior del armario. Uno tipo panamá. Y su clásica boina escocesa. La que llevó al hospital la noche que mi abuela parecía que se moría y él no.
Atrás, bien escondido, junto a una caja naranja, hay un revólver en su funda. Lo saco con cuidado, él siempre lo dejaba cargado. Abro la caja. Está el recorte del diario en el que aparece sujetando su yegua en el Hipódromo de Palermo, en la época en que manejaba su BMW. Y más abajo, las carpetas con papeles de su último proyecto. Su última oportunidad. El fraccionamiento por loteos de la finca familiar en Las Heras, Mendoza, que hubiera sido un dineral. Una mañana me llama mi abuela desesperada porque no puede despertar a papá. Llego, le tiro un poco de agua a la cara. Abre los ojos, aturdido, como a través de una nube de alcohol y neón y estira sus manos. Une sus dedos, en broma, como para pellizcarme, juguetón. No me ve a mí, ve a las minas de la noche anterior. Le grito: ¡soy tu hija, despertate! Sin efecto. Le vacío el vaso en la cabeza. Eso lo despabila del todo. Cuando cae que está en su cama, instintivamente manotea la riñonera que tiene apretada entre la panza desnuda y sus calzones. Está vacía. Se lleva la mano a la cabeza, uy dio, me afanaron. Las coperas de la whiskería Salomé lo dejaron limpito.
El armario quedó vacío. Miro otra vez la cama. Todavía está el vidrio roto de la mesa de luz y la paloma de cerámica de Talavera que trajeron mis viejos como sourvenir de México, cuando las cosas iban bien. Quince años atrás. La paloma también está rota, le falta un pedazo de la cola. Hay algo húmedo en la madera. No, viscoso. Después de la ducha no se le quita ni la resaca ni el dolor en el pecho, se sienta en la cama a respirar mal. Tony quiere llamar al médico. Pero mi viejo no. Insiste en que no. Miente que ya se le va a pasar. A los pocos minutos, cuando no puede más, el cuerpo se arquea y cae de cara contra la mesa de luz, rompiendo todo. Cuando llegamos, está tapado con una sábana blanca en la cama. Sé que es él por su panza. Llegan los de la ambulancia y nos piden que salgamos del cuarto. Mi hermana y yo obedecemos. Nos piden una silla. Al rato salen con mi viejo sentado, amarrado y tapado con la sábana. El ascensor es minúsculo, lo tienen que bajar sentado. Nos reímos, espantadas. Mi abuela está dopada, por suerte, durmiendo en su cama.
Miro el cuarto. ¿Su vida entró en una valija y dos cajas?



de "El sabor de la cereza"

Noche buena

Es la ruta hacia Pehuajó, un 31 de diciembre. El Torino corre rápido y ciego en la niebla, haciendo eses. Mamá baja las ventanillas para que el viento le vuele el alcohol a mi papá, que cabecea al volante. El auto se llena de unos cascarudos fríos y chiquitos, de color beige. Yo empiezo a gritar de asco. Tengo uno caminando por la pierna. Puedo sentir las patitas una por una, como cosquillas asquerosas. Mi hermana sigue durmiendo. Mamá me manda callar y me tapa con el diario, por el frío. Es verano pero hace frío. No paro de chillar, se llenó de bichos, me quiero bajar. Papá putea, quiere llegar para el brindis de la media noche al menos. Y ella, vas a brindar con soda vos. Él que chista, no hables más querés. Mamá lo obliga a parar. Nos saca del auto a los tirones. A la ruta, de noche.
Lo miro arrodillado sacando uno por uno los cascarudos. Los mocasines blancos llenos de tierra. La panza le cuelga por debajo de la chomba rayada. Mamá lucha con el encendedor. Mi hermana que se duerme parada. Ella la sacude. Despertate querés, que te vas a caer al piso y ensuciar todo el vestido.
Lejos, muy lejos, donde hay unas luces, veo subir alto una cañita voladora.



de "El sabor de la cereza"