Mostrando entradas con la etiqueta Mis textos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis textos. Mostrar todas las entradas

Tangled Hair

This book is a collection of my short narrative sex poems. I have stripped the extra from my stories, and gone down to the bone, like in a photograph – capturing only the essential.
Tangled Hair” is the most intimate and personal project I have ever created. I designed the book entirely, to the last detail. This is a hot, beautiful, sometimes funny, others sad, feminine book. And I wish you enjoy reading it as much as I enjoyed writing it.

Available at McNally Jackson Independent Booksellers. 52 Prince Street, New York, NY 10012.  http://www.mcnallyjackson.com/bookmachine/tangled-hair-andrea-marra
The book is also available at any bookstore in the world with an Espresso Book Machine. Click on the link for locations: http://ondemandbooks.com/ebm_locations_list.php

Mi vecino Freddy

Para Roberto

Tendrías que haberlo visto al ganso, se creía un perro. Lo seguía por todos lados. Un día le dije a Freddy “qué lindo”, por decirle algo. Porque era algo de ver, parecía que el ganso lo cuidaba, siempre a sus pies, atento.
¿Lo quiere?
Nos tratábamos de usted con mi vecino. Le dije que no hacía falta, que era de él, además yo ya tenía demasiados bichos en casa. Freddy me explicó que si por él fuera, no lo regalaba, pero su hijo quería deshacerse de Pascualito porque se metía en la pileta y se la cagaba toda. Lo compré para comerlo, me dijo, pero mire lo que es… Y lo señaló. Es de cariñoso, agregó.
De chiquito había sobrevivido al ataque de un dóberman y rengueaba un poco. Así fue como el ganso terminó en casa. Las nenas se encariñaron en seguida de él y me rompieron tanto las bolas para que le comprara una novia, que cuando las perras se metieron en el corral y se la morfaron, fue una verdadera tragedia. Quedó triste el Pascualito. Pero bueno, esa no es la cosa. La cosa es que hace dos domingos Freddy me llama desde el portón. Durante tres años tuvo las llaves del portón de mi casa. Venía a relojear si estaba todo bien durante mis viajes, a ver a mis gallinas, a las perras, a regarme las plantas. Sacaba las cartas del frente para que no se notara mi ausencia.
Vasquito, me grita, venga.
Él me había bautizado así, sin siquiera saber de mis orígenes. Y sin más vueltas me dice que se volvía para Chacabuco. Tengo ochenta y tres veranos encima, sabe. Soy como los elefantes, agrega, que para morirse se vuelven a sus pagos.
Se me hizo tal nudo en el estómago que me quedé mudo. Qué le iba a responder. Me sonrió, asintiendo, y me contó que hacía cuarenta años que no volvía a su pueblo. Lo más probable es que nunca lo vuelva a ver. En total no debo haber hablado con él más de cuatro horas a lo largo de los años que lo tuve de vecino. Años en los que me regaló canarios, jilgueros, diamantitos, perdices en escabeche y los cobayitos esos, que ahora ya son como mil. Y a cambio nunca me pidió nada. Con un poco de charla el tipo ya estaba contento.
Cuando nos despedimos, en vez de darnos la mano como siempre, nos abrazamos y nos dimos un beso. Me miró y me largó: Vasquito, no me gustan las despedidas, esto es un hasta luego.
Ojalá en el mundo hubieran más tipos como Freddy, de quien ni siquiera sé su apellido ¿Entiende ahora por qué no te puedo vender al Pascualito?

La puerta. Relato breve

Espera con la llave en su mano derecha. Mira la puerta de madera oscura. Por el panel de vidrio biselado, trata de distinguir algo. Respira hondo. No va a ser diferente. Y lo sabe. Lo que puede variar es cómo la encuentre. Siempre es una sorpresa. Una sorpresa repulsiva. Últimamente, eso es lo único que le genera. La más fría y viscosa repulsión. Sabe que está ahí atrás, tal vez sobre el sofá o en la cocina, podría estar escondida en el garaje o en su habitación, incluso en el jardín. No importa. De todas maneras, intuye la sombra espesa que proyecta, una sombra que se derrama, se arrastra, se le queda pegada y luego tarda días en poder quitársela de encima. Es como una adherencia. Y huele. Está segura, con la llave en la mano, que lo peor de todo es el olor. Esa mezcla acre, ácida, como de ajos podridos que emana de esa superficie endurecida que lleva por piel. El olor. Aunque tal vez lo peor sean los ojos, vidriosos y vacíos.
Mete la llave. Pero no la gira. Son unos segundos preciosos, intensos, donde la vida cobra sentido. La vida. Está afuera, donde el sol brilla y el aire huele a asfalto mezclado con jazmines y tilos floridos. Respira. Escucha. Tiene que entrar. Se mira los zapatos. No los puede mover. Pegados al mármol del escalón de la entrada. Intenta levantar un pie y no puede. Sus huesos son de cemento ahora. Los pulmones también. Abre grande la boca para tragar aire. Su pecho sube y baja. Se vuelve extremadamente consciente del espectáculo que está dando. Pero no le importa que la gente pase por la calle y la mire, parada frente a la puerta, con la llave en la cerradura. Antes, cuando entraba, decía “Hola, llegué”. Ya no. Si la escucha o no la escucha, carece de importancia. Si total no entiende. Pega su oreja al vidrio de la puerta. Dentro, todo parece quieto y en silencio. Parte del engaño. ¿Y si no entrara? ¿Si jamás volviera a entrar? ¿Cuántas veces lo había pensado? Miles. Ahora sólo cuenta con que no sea peor que ayer. Pero la luz cambió. No es la que había antes. Día a día se espesa el aire. Se oscurece. Lo notó cuando encontró esas fotos viejas. Ahora la casa parece capturada por una opacidad, una noluz que lo absorbe todo, incluidos los ruidos, el televisor, la radio, las pisadas, las risas y las palabras. Los únicos sonidos que logran traspasar ese aire enrarecido son los que le escucha lanzar, escupir, como embarrados. Fue en este exacto lugar, en la puerta, pero del otro lado, donde le tuvo que pegar aquella vez para que no se le escapara. ¿Dónde estará ahora? Ojalá en su habitación, dormida, o al menos fingiendo.
Gira la llave y entra.
Andrea Marra

Soltera Serial

Ya salió mi libro de ficción "Soltera Serial". 
Una crónica de citas, amores y otros desastres. 

Insomnio

Subí nueva historia en mi otro blog:
http://solteraserial.blogspot.com.ar/2013/02/25-insomnio.html

"A eso de las una de la mañana algo en mi cabeza hizo “gong” y me desperté. Prendí la luz, mi gata me miró con odio y se fue a buscar un rincón oscuro. Di un par de vueltas en la cama pero rápidamente caí en la cuenta de que no iba a poder dormirme. Uno sabe cuándo el insomnio llega, y de qué tipo es: del que te deja idiota pero despierta, del que te deja lúcida y más despierta aun…"

Las dos bobas (fragmento)


Ese día me había ido a laburar caminando. Vivía a unas veinte cuadras de la fábrica y quería bajar un poco de peso, bueno, la verdad es que tenía que bajar cuarenta kilos en esa época. En cuanto llego, el jefe me dice: Lucho, tenés que ir a la otra sucursal, Norberto se enfermó y te necesito ahí. Agarrá mi auto y llevate a quien quieras. Así que le digo al Petiso Lococo que se venga conmigo. La cosa es que para ir a la otra sucursal, medio que tenía que pasar cerca de casa. El Petiso manejaba mientras me contaba no sé qué cosa sobre su filosofía con Racing. También, con un equipo así qué querés. No somos más que polvo de estrellas, Lucho, o algo así me dice. Eso me repito cada vez que Racing pierde. Este Petiso. Me sigue diciendo cosas por el estilo, que el futbol esto, que el sentimiento aquello, que la camiseta lo otro, y de golpe se queda mudo. En medio de una frase. Como si yo agarrara y te dijera, no sé, no se me ocurre nada, pero la idea es esa, ¿no? Miraba fijo para el frente, aferrado al volante que le quedaba cerca de la pera, a pesar de que el Petiso se sentaba en un almohadón alto para manejar. Estaba pálido como culo de monja.
¿Qué te pasa, Petiso?
Nada – me suelta bajito.
Pero si estabas hablando.
¿Eh? No, no era nada importante. ¿Y si mejor agarro por Soria?
¿A vos qué bicho te picó, boludo? ¿Querés que nos morfemos todo el tráfico? Seguí derecho.
Primero chista y luego lo veo que mira de costado, tratando de disimular, viste, medio de coté, así, por la ventanilla, y con cara de circunstancia.
¿Qué te pasa, Lococo?
Disculpame lo que te tengo que decir, Lucho, si vos sabés lo que yo te aprecio, pero che, ¿esa no es tu mujer? – me dice todo de un tirón.
¡¿Dónde?!
Y me hace así con la cabeza, la ladea, señalándome el auto de al lado, un Torino azul. ¡Un Torino azul!
¡Claro que es! ¡La muy puta!
No, pará… - intenta calmarme le petiso.
Pero yo cómo me iba a calmar. Pará las pelotas, le grito.
Debe ser un compañero de laburo…
Laburo un cuerno, Petiso… No, si soy un pelotudo. Puta. La muy puta.  Seguila.
¿Eh?
¿Te quedaste sordo de golpe, Petiso, la puta madre?
Pero tenemos que reemplazar a Norber – dice con una voz como si le estuvieran apretando los huevos.
Lo hubiera fajado ahí nomás, pero hubiera sido una injusticia. Él fue petiso toda su vida, un metro sesenta en punta de pie mide, y yo con este cuerpo de ropero, imaginate el desparramo que hago si lo emboco. Manoteo el celular y lo llamo al jefe. Un tipo con códigos, el Tano. Le digo sin rodeos: Tano, necesito a Lococo y a tu auto. Tenemos que seguir a mi mujer. El Tano no me hace ni una pregunta, y me tira: hacé lo que tengas que hacer, Lucho. No, si era un señor, el Tano, que Dios lo tenga en la gloria. La cosa que corto y le digo al Petiso: Listo, seguila.
El tráfico era un inferno, y yo creo que el Petiso no quería meterse en líos. Me acuerdo que exploté feo, y mirá que yo soy un tipo tranquilo, pero cuando me reviro, cuando me reviro… Es que agarra y me tira: Pensá en lo que te dije recién.
¿Qué cosa?
Lo de Racing, Lucho. Que no somos nada, me entendés – y me pone cara de compasión.
¡Pero no me vengás con ese equipo de mierda y apurá que si nos agarra el semáforo y la perdemos, te juro que te mato, la puta madre que te re mil parió!
Me mira, viste, como ofendido, apretando los puñitos sobre el volante. Y chista.
Perdoná, Lococo… ¿Es que cómo no lo vi venir? Pero Laurita sí, eh. Ahora caigo. Flor de boludo soy. No, si los chicos son una cosa. Un día así de la nada, yo estaba viendo a Boca, se me acerca y me suelta: papá, por qué no te fijás en qué anda mamá. Y yo la saqué carpiendo, qué iba a hacer. Qué le iba a creer a la mocosa esa, con doce años dándome consejos a mí.
Bueno, la cosa que el petiso se me hice el mudo por un buen rato. Es que cuando se encula, el Petiso no tiene nombre. Por fin, después de que diéramos no sé cuántas vueltas, de golpe, el Torino empieza a perder velocidad y se prepara para estacionar. Le pido al Petiso que estacione cerca, si total mi jermu no conocía el auto en el que yo iba. Además, me duele reconocerlo, pero no tenía ojos más que para el tipo ese. Y muy tomaditos de la mano se meten en el telo, que haciendo la cuenta, quedaba a quince, veinte minutos de casa. La muy puta cogiendo a quince minutos de casa. ¿Por qué no se fue a… a… no sé, a Mataderos a coger?
¿Qué vas a hacer? - me mira el Petiso, muerto de miedo.
La vamos a esperar. Eso vamos a hacer. – le digo decidido. Parecíamos de película los dos ahí sentados.
¿Yo también?
Petiso, ponete los dos huevos - le mando y se encoge de hombros. Siempre fue cobarde el petiso ese. Y bueno, nos quedamos ahí dentro del auto, esperando. No hacía ni mucho calor ni mucho frío, viste esos días templados, un día perfecto, si no hubiera sido por la muy puta.
¿Puedo prender la radio, Lucho? – de golpe me pide el Petiso.
No preguntés boludeces.
Es que engranás por todo.
¡Vos me hacés engranar!
Claro, el tipo ese se la está garchando a tu jermu ¿y yo te hago engranar?
Salgo del auto para no partirlo en dos. Me apoyo contra la puerta, sin sabía qué hacer. Quería entrar al telo y agarrarla de los pelos, sacudirla hasta que me rogara perdón, perdón por los veinte años juntos tirados a la basura. Cuatro de novios y dieciséis de casados, al inodoro. De golpe, escucho a Sandro cantando. El Petiso había prendido la radio nomás. Entro y la apago.
¿No vés? – se hace el ofendido.
Sandro no, Petiso, hoy no. Y menos Trigal.
Nos habremos quedado en silencio unos diez minutos. Él mirando para adelante y yo sin sacar los ojos de la puerta del telo.
¿No tenés sed, Lucho?
Y sí, la verdad es que me moría de sed. Le di diez pesos y se fue a comprar una cocacola. En eso, lo veo aparecer con una botella de cerveza y dos vasos de plástico con dibujitos, de esos de cumpleaños.
Me pareció mejor, Lucho.
Hiciste bien, Lococo – a veces tiene sus momentos el petiso ese.
Qué cagada, Lucho… ¿Qué vas a hacer cuando salga?
      Le di un trago a la cerveza. Uno bien largo. Estaba fría. Me encogí de hombros. Te juro que en ese momento no lo sabía. 
(Sigue. Cuento completo por mail)

Sueño

Por suerte, ya no creo verlo caminando por la avenida Corrientes. Hace tiempo que dejó de doler. Lo extraño, pero sin bronca. De entre todos los recuerdos hay uno que no termino de entender. De descifrar. Esa manía tan mía. Intuyo que ahí hay algo. Mientras yo dormía, se sentaba al borde de mi cama. Los sábados por la mañana. ¿O eran los domingos que lo hacía? Cuando yo abría los ojos, estaba ahí sentado, pensativo. Con su bata de arabescos y los ojos rojos por la noche. Siempre llegaba tarde. Todas las noches. Y mi vieja le gritaba y yo los espiaba desde lo alto la escalera. Se peleaban en la cocina para que nosotras no los escucháramos. No estás nunca. Te patinás todo el dinero. Borracho. Hace cuánto que no me tocás. Pero por las mañanas era otro. Sentado en mi cama, esperaba. El sol entraba por la ventana que daba al jardín llenando de calor el cuarto. Y me sonreía cuando por fin me despabilaba del todo. Tenía canas y arrugas ya. La piel de las manos ajadas. Y algo en su cara, añorando. Hablábamos no sé de qué. Incluso peleábamos pulseadas, jugando como si yo fuera un chico. Este es mi más feliz recuerdo de mi viejo. ¿Qué miraba? ¿Qué veía mientras yo dormía? Quiero creer que era la luz del sol, la calma inocencia de tu hija durmiendo, que te hacía volver de a cachos, de a pedazos y como podías, de la oscuridad.


de "El sabor de la cereza"

La ficción es puro cuento - una antología



Mi relato "Collazo", aparece en La ficción es puro cuento, una antología formada por obras trabajadas en el marco de los talleres literarios de Juan Martini. 


Se puede conseguir en estas librerías: 
Caleidoscopio - Echeverría 3268
Crack Up - Costa Rica 4767
Eterna Cadencia - Honduras 5574
La barca - Scalabrini Ortiz 3048

El sabor de la cereza en la Bienal de Fotografía de Lima


Mi libro "El sabor de la cereza" fue seleccionado para la Edición Internacional de la Feria de Libros de Fotos de Autor, en el marco de la Bienal de Fotografía Lima 2012, a partir del 21 de marzo, en el Centro de la Imagen de Lima, Perú.















"El sabor de la cereza" en al Bienal de Fotografía de Córdoba

Mi libro "El sabor de la cereza" fue invitado a formar parte de la
edición itinerante de la Feria de Libros de Fotos de Autor,
en la Bienal de Fotografía de Córdoba

http://www.bienaldefotografiacordoba.com/


escamas

hoy se me llenó el cuerpo de pasado
corro para sacudírmelo de encima
pegado a mi piel
como escamas
translúcidas
plateadas
calientes al sol
corro para que el viento las despegue
una por una
corro
para que salgan volando
una por una
y me dejen en paz


El sabor de la cereza

Me siento en la fila siete, como siempre. Se apagan las luces de la sala del cine Lorca y comienza la película. Había leído que se trataba de un hombre que quería suicidarse y buscaba un enterrador para después. 
A los pocos minutos de empezada la película, se sienta unas filas más adelante mi viejo. Tardo en reconocerlo. Parece más bajo, como si se hubiera encogido. Lleva puesta su boina escocesa. Me levanto y me alejo unas filas más atrás, tratando de no hacer ruido. Ni lo saludo ni me voy de la sala. Simplemente lo miro. Le miro la nuca. Hace mucho tiempo que dejé de hablar con él. Me llama y le digo que no tengo tiempo. No reconozco mi voz cuando le contesto. Es un sonido metálico, duro, filoso. Furioso. Me lo cruzo de casualidad caminando por la avenida Corrientes y me invento una cita. No, no tengo tiempo para tomar un café con vos. Y al alejarme mis pasos pesan. 
Lo miro, miro la pantalla. Una y otra vez y no lo puedo creer. Estoy hipnotizada. Paralizada por la situación. Intuyo que se metió al cine como hace siempre, sin saber qué va a ver, sólo para matar la tarde y hacer que la noche llegue rápido con sus amigos esperándolo en el bar. Una noche más, un día menos. Creo que el título lo engañó, lo sedujo con algún recuerdo de cuando exportaba cerezas a no sé qué país. ¿Canadá? Era mayorista de frutas, tenía un puesto en el Mercado de Abasto, laburo que había heredado de su padre. Y siempre traía frutas a casa. Cajones repletos de duraznos, ciruelas, frutillas, naranjas, damascos, guindas. La cocina se llenaba del perfume de las frutas coloridas como flores. Sandías y melones. Uvas. Y cerezas en verano, cuando había mucho sol en el jardín y mamá hacía asados y nos comíamos las cerezas de postre. Cerezas de cáscara lustrosa, brillante. Duritas. De color oscuro, sangre oscura, la pulpa con filamentos, carnosa. Un poco dulce, un poco agria. Y el carozo como un hueso, que escupíamos con mi hermana a ver quién lo tiraba más lejos, metidas en la pileta pelopincho. 
El suicida encuentra un enterrador que intenta convencerlo de que la vida vale la pena. Pero no le hace caso. ¿Cómo hace mi viejo para no irse? ¿Se habrá quedado dormido? Arrancan los créditos finales, y antes de que prendan las luces me escapo. El corazón se me sale por la boca. ¿Me habrá visto? No me importa. Casi corro. Desesperada. Llorando y sin saber que al otro día, a eso de las siete de la mañana, me va a llamar Tony para decirme que mi papá se murió.


de "El sabor de la cereza"

mi rollito viaja a Tucumán




"verano", como parte de la Feria de Libros de Fotos de Autor, invitada a la 4° Bienal Argentina de Foto Documental.




Grises

Decido no ir. Mi hermana no me obliga, me dice que lo lleva a la Costanera, al lado del restaurante en el que pasamos varios años nuevos, después de que mi vieja se divorciara de él. Es un lugar al que a todos nos gustaría volver. Por eso lo elige. Me la imagino cerca de la baranda, quieta, mirando el río marrón plata. Abre la caja de madera y lo echa al agua. Pero algo de él se vuela con el viento hasta las hojas de un árbol, se estrella contra la pared del restaurante, cae sobre el lomo de un perro dormido al sol. Un poco se adhiere a la punta de los dedos de la mano derecha de mi hermana. Lo demás cae al río. Se va alejando en remolinos de hilitos grises, confundiéndose por segundos con el color de las nubes reflejadas en el agua. Si fuera nube vibraría con el viento y se desharía en gotas que caerían sobre este mismo río. Las olas se lo van tragando. Y se hunde. Me lo imagino nadando junto a los peces, pero en el río no hay más peces. Sólo agua turbia, casi barro. Agua fría y profundamente muerta.


de "El sabor de la cereza"

voy a estar en la 9° Feria de Libros de Fotos de Autor


voy a estar con "verano"
en Espacio Ecléctico
del 6 al 22 de agosto
martes, miércoles y jueves de 14 a 19
viernes, sábados y domingos de 14 a 20
Humberto Primo 730

"Solo por un rato por unas horas era verano y me reía
cuando me decías hermosa y me mirabas con esos ojos.
Hoy no hay más luz en mi espalda ni la flor de mi sexo
se abre blanda más blanda que el agua por tus besos
bajando por mi espalda, despacio
por el arco de mi cintura..."
(sigue)

La estergüiliam

Las palmas de sus manos brillan al sol. Las pone sobre su cabeza, de cara al cielo, por un par de segundos en los que parece rezar. No como se reza en la iglesia, sino como se rezaba antes. Antes del tiempo. A un dios arcaico por la lluvia, por misericordia.
Veloz, dobla sus rodillas y se zambulle. Sin salpicar. El cuerpo se mete perfecto. Como una aguja se clava en el agua. Segundos y metros después, reaparece con la gorra de goma celeste y flores naranjas. Unas flores toscas, de plástico duro, los pétalos naranjita, y adentro unos palitos amarillos, torcidos por el uso. Sonríe al tomar aire y sus dientes blancos relumbran contra su piel aceitunada, hecha sombra por el sol de cientos de veranos. Nos recuerda a Esther Willams. Aunque se parece más a una vieja sirena loca.
Como todos los medio días nada treinta largos de crawl y veinte de pecho. Con cierta gracia, cierta elegancia anticuada. Nosotros observamos hipnotizados el ir y venir, el girar de un lado al otro de esa gorra de goma. Sus brazos color bronce, firmes pero sin músculos, diestros, cortan el agua con seguridad. No se cansa. No se agita. Sólo sonríe mientras nada sus largos.
Cuando termina su ritual, sale de la pileta por el borde, jamás por la escalerita. Y se sienta sobre las lozas del borde a secarse al sol. Se acomoda, recatada, su malla. Se la baja bien, ocultando el pliegue natural que uniría su pierna a su ingle. Así, quieta bajo el sol, con la gorra aún puesta, parece una muñeca que una niña hubiera olvidado tirada por ahí. Del cuello para abajo, parece tener la edad indescifrable de una deportista. En su cara se adivinan unos cincuenta años. Una vieja.
Intercambia de vez en cuando unas palabras con el bañero. Y rara vez unas sonrisas tímidas con las señoras del club. Echa la toalla sobre el piso caliente y se recuesta despacio. Recién entonces se quita la gorra, acomodándose el cabello canoso, que le cae sin forma ni gracia hasta la cintura.
Cada vez que se mueve y por las dudas, se baja bien la malla, casi clavándola a la piel, asegurándose de que no se vea lo que no se tiene que ver. Ninguno de nosotros quiere imaginar lo que hay debajo. Pero lo sabemos. Carne. Sólo que en este caso, el tipo de carne que no provoca nada. Como la lavandina. Como el olor de una iglesia en Pascua. Una monja en malla, eso es lo que parece. Jamás vimos una, pero estamos seguros que se vería igual.
Como nadie sabe nada de ella, todos mentimos algo distinto. Pero ni siquiera podemos recordar su nombre. Por eso le decimos la estergüiliam.